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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 
MATERIALES ADICIONALES 

II Trimestre de 2008 
"Jesús es maravilloso" 

Lección 1 

(29 de Marzo al 5 de Abril de 2008) 

¿Quién fue Jesús? 



Todos parecen tener su propia opinión del Rabí de Nazaret. Dice Tyler Roberts, teólo- 
go, conferenciante y director del Departamento de Religión de la Universidad de Har- 
vard: "Le pregunté a mi clase: '¿Quién era Jesús?' La mayoría declaró que lo conside- 
raban un personaje religioso. Algunos dijeron que era un filósofo, y lo compararon con 
Sócrates. También dijeron que Jesús había sido un dirigente político; uno de los alum- 
nos lo comparó con Mao y Stalin" ("Who was Jesús?" [¿Quién fue Jesús?] Life, di- 
ciembre de 1994, p. 76). 

Dice la introducción del artículo citado: "Para algunos, Jesús es el Hijo de Dios... el 
Ungido. Para otros, es simplemente un hombre que inspiró, a través de sus enseñan- 
zas y su vida ejemplar, varias creencias ahora incorporadas al cristianismo. Y para 
otros, todavía es un mito, un invento novelístico de Pablo y de los autores de los evan- 
gelios, que requerían un ancla carismática para sus nacientes iglesias" (Ibíd., p. 67). 

Uno de los entrevistados, Seyyed Hossein Nasr, que es mahometano, dijo: "El Islam 
no acepta que [Cristo] haya sido crucificado y haya muerto, para luego resucitar. El Is- 
lam cree que fue llevado al cielo, sin morir, sin sufrir el dolor de la muerte" (Ibíd., p. 80). 

Otro autor, James F. Hind, define a Jesús desde un punto de vista poco común: "En 
sólo tres años, [Cristo] definió una misión y formó estrategias para llevarla a cabo. Con 
un equipo de doce hombres poco apropiados, organizó el cristianismo, que hoy tiene 
sucursales en todos los países del mundo y abarca un 32,4 % de la población mundial, 
el doble de su rival más cercano. Los dirigentes modernos desean que los individuos 
se desarrollen hasta que alcancen su máximo potencial, tomando gente ordinaria y 
transformándola en extraordinaria. Esto es lo que Cristo hizo con sus discípulos. Jesús 
fue el ejecutivo más eficaz de la historia. No hay nada que se iguale a los resultados 
que logró" (Ibíd., p. 79). 

Es fácil proyectar sobre la figura de Cristo nuestras propias preferencias. Pero si nues- 
tros conceptos acerca de Cristo no guardan relación con la realidad, corremos grave 
riesgo de transformarlo en un ídolo más en un mundo ya repleto de ellos. 

Por eso, te invito a meditar en la pregunta que el mismo Jesús les hizo cierto día a sus 
discípulos. Se dirigían a la región de Cesárea de Filipo, y el Salvador les preguntó: 
"¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el 
Bautista; otros, Elias; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas". Entonces, Jesús les 



hizo una pregunta mucho más directa, más personal: "Y vosotros, ¿quién decís que 
soy yo?" (Mateo 16:13-15). 

Hermano, nuestra respuesta tiene importancia eterna. Si Jesús es lo que dijo ser, no 
es otra cosa que nuestro único Salvador. En sus manos trae el don de la vida eterna 
para los que crean en él y le obedezcan. Por otra parte, si no fue más que un filósofo, 
uno de muchos maestros religiosos, un revolucionario político o un gran organizador, 
entonces fue el peor ser humano que haya existido. Decimos esto, porque si dijo ser el 
Salvador del mundo, el Hijo de Dios, y no lo fue, entonces millones de seres humanos 
han vivido engañados, poniendo vanamente en él sus esperanzas de recibir perdón, 
salvación y vida eterna. Si el Carpintero de Nazaret no era lo que decía ser, entonces 
fue el mayor fraude, el engañador más cruel de la historia. Ni siquiera el haber muerto 
en la cruz lo exime de este juicio severo. 

Cuando Jesús hizo la pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", Simón Pedro 
le dijo, con íntima convicción: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mateo 
16:16). El Salvador, al oír esas palabras tan categóricas de su discípulo, le dijo: "Bien- 
aventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi 
Padre que está en los cielos" (versículo 17). 

La vida de Cristo transformó la historia de la humanidad como ninguna otra, y cumplió 
a la perfección y en detalle todas las profecías que anunciaban la venida del Mesías y 
su ministerio; y el poder de su ejemplo personal y la sabiduría de sus enseñanzas si- 
guen hoy transformando, sanando y restaurando vidas y relaciones. Y la única espe- 
ranza verdadera que se abre en el futuro de la humanidad, brota de las promesas su- 
blimes que el Salvador nos dejó consignadas en los escritos de sus seguidores: "He 
aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" dice Jesús en Ma- 
teo, capítulo 28, versículo 20. 

Si Cristo no tenía la autoridad divina, y si no vino a este mundo por el poder de Dios 
para unir en sí mismo la divinidad con la humanidad, ¿qué derecho tenía de mandar a 
sus seguidores de este modo: "Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se 
ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera de- 
monios"? ¿Y qué posibilidades hubieran tenido los discípulos de obedecer a un man- 
dato así? Sin embargo, a la palabra de ellos, los paralíticos recobraban el uso de sus 
miembros, los ciegos la vista, y hasta los muertos resucitaban. 

Al examinar los hechos, no nos queda otro camino que hacer nuestras las definiciones 
de Jesús que nos ofrecen él mismo y los testigos presenciales, los que expresaron su 
fe y convicción en sus encuentros con Jesús. 

Con Pedro confesemos que Jesús es "el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Escuchemos 
al Salvador afirmar: "Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo 
soy" (Juan 13:13). Y el ciego al cual Cristo le dijo que fuera a lavarse al estanque de 
Siloé, cuando obedeció, recobró la vista. Más tarde, se encontró con Jesús, y el Salva- 
dor le preguntó: "¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, 
para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él 
dijo: Creo, Señor; y le adoró" (Juan 9:35-38). 



Al responder la pregunta "¿Quién es Jesús?", no podemos contentarnos con a 
una posición meramente intelectual acerca de él. No se trata de tener una opinión. El 
divino Hijo de Dios no vino a este mundo como un artículo de museo. Vino para esta- 
blecer una relación personal con todo ser humano que quiera ser salvo. Por eso, no se 
conformó con sanar al ciego, sino que después buscó la ocasión de encontrarse con él 
y hacerle una revelación más personal de su identidad. Con ello le dio al ex ciego la 
oportunidad de aceptarlo como algo más que un obrador de milagros. La relación entre 
ellos ya no sería circunstancial, y Jesús no sería para él como un cometa, que pasa y 
lo vemos por unos instantes para luego perderlo de vista en las profundidades del 
cosmos. El Señor quería que el ciego lo llegara a conocer como el Hijo de Dios y su 
Salvador personal. El ciego que ahora veía aceptó la invitación y, como resultado, se 
postró ante Jesús y le adoró, es decir lo reconoció como Dios. 

Lo que Jesús fue es exactamente lo mismo que es ahora. Cristo quiere cumplir en ti y 
en mí su amante obra redentora. El morir por tus pecados y los míos implica, de parte 
del Salvador, un conocimiento personal de nosotros y un amor igualmente personal. 
Nadie aceptaría dar su vida por un desconocido. Del mismo modo, nuestro encuentro 
con Jesús no puede ser un mero ejercicio académico, como sucede al estudiar la vida 
de Sócrates, de Confucio o de Mozart. El encuentro con Cristo demanda de nosotros 
una respuesta individual, requiere que adoptemos una actitud de implicación personal 
y que hagamos una decisión que afectará profundamente nuestra vida futura. 

Solamente la persona que se reconoce pecadora puede responder, en la debida for- 
ma, a su encuentro con Cristo. Debemos reconocer que nuestro alejamiento de Dios 
es pecado, y que toda manifestación de orgullo y suficiencia propia también es peca- 
minosa. Todos necesitamos que Jesús nos limpie de contaminación moral por su san- 
gre preciosa. Si no lo hacemos, nunca estaremos con él en su reino eterno. 

Encuéntrate hoy con Jesús. Ábrele tu mente y tu corazón. Como lo hiciera el ciego que 
recibió la vista, póstrate a sus pies para adorarle, y con Tomás, el incrédulo convertido, 
dile: "¡Señor mío, y Dios mío!" 

Extraído del Ministerio Adventista Electrónico 

http://www.tagnet.org/mae 

Compilación: Rolando D. Chuquimia 



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